2.11.09

LA POLÍTICA, GARANTÍA CONTRA LA CORRUPCIÓN


Reproduzco un artículo completo de Gustavo Vidal Manzanares, publicado en el Plural y en su blog, porque me ha parecido una reflexión interesante y necesaria en estos momentos.
Tras la detención del Alcalde de Santa Coloma, que es del PSC, las conversaciones en la calle y en el trabajo identificaban la política de todos los partidos con la corrupción, pese a que la reacción del PSC fue inmediata, pero la desconfianza se instala con facilidad en campos no abonados con la reflexión, acostumbrados como estamos además, a tener dirigentes políticos populares que ni ven, ni oyen, ni hablan, como en el dibujo de Rajoy del blog de los calvitos.

Leer este artículo es útil, porque ayuda a no dejarse engañar por los sentimientos ante la corrupción, que llevan a decir que todos los políticos son iguales o que la política no sirve, porque corrompe... y aunque la honradez es la cualidad que acompaña a la mayoría, a veces te sientes deprimida ante tantas voces acusadoras.
Ha sido una semana dura que acabó bellamente con la manifestación del sábado, en la que se pedía la dimisión de Camps. Los ciudadanos y ciudadanas que allí estábamos, hacíamos política y el PSOE, nuestro partido, también, desde el respeto a esa iniciativa, aunque con ganas de haber llevado una pancarta. Y si al Sr. Cotino le molesta y dice que somos radicales, pues me alegra serlo, radicales ante la corrupción, radicales, tremendamente radicales, defendiendo la idea de que la política sea una garantía contra la corrupción.

Este es el artículo:

La política, garantía contra la corrupción

En 1905, Rafael García Ormaechea, Francisco Largo Caballero, y Pablo Iglesias Posse fueron elegidos concejales en uno de los más corruptos Ayuntamientos de la época, Madrid.
En su primera intervención Pablo Iglesias se dirigió al pleno: “Tenemos un doble deber que cumplir, como representantes del pueblo hemos de velar por los intereses de todos... Nuestra acción nos creará enemigos; no nos importa. Merecer el odio de los que envenenan al pueblo, de los que le roban, de los que le toman como cosa explotable, será para nosotros una honra… poco podremos hacer mientras no seamos más, y no tanto por la fuerza que da el número, sino porque habrá más ojos a vigilar, más inteligencias a impedir coartadas”.

Imposible sustraerse al eco de aquellas palabras en unos momentos en que se intenta confundir corrupción y política. Intentona que, a mi juicio, no puede ser más perversa, toda vez que el antídoto más eficaz contra la corrupción y sus causas reside, precisamente, en la política. Así, para entender la corrupción es imprescindible detectar sus causas. Obviamente, para ello se requeriría un amplio espacio y tiempo. No obstante, conviene resaltar que esa podredumbre emana de la desigualdad social, la falta de controles públicos y la ausencia de valores.

En primer lugar, una sociedad desigual, donde el individuo carece de un trabajo decente, donde los salarios son indignos, donde no se respetan los derechos laborales, donde las mujeres son relegadas, donde el ecosistema se pudre en beneficio de la especulación, donde las ganancias excesivas huyen a paraísos fiscales, donde no se garantiza la salud ni la educación… una sociedad así es corrupta en su origen y genera corrupción en una diabólica dinámica retroalimentadora, pues difícilmente el ciudadano creerá y respetará un sistema que lo maltrata.

En segundo término, la corrupción se desarrolla mediante unas prácticas económicas marcadas por el individualismo, el consumo irresponsable, el concepto de mercado como único regulador con derecho a pisotear la igualdad de oportunidades y la compasión hacia el débil en una orgía de egoísmo.

En un tercer aspecto, el cáncer corrupto se alimenta de la falta de fiscalización y controles, la opacidad y la desregulación económica que, en una atmósfera sin valores, convierte el dinero negro, el chanchullo y los paraísos fiscales en símbolos de inteligencia y éxito social.

Y, muy al contrario, frente a todo lo anterior, la política. Sí, la política y la labor de la inmensa mayoría de los políticos, ha permitido que gocemos de niveles dignos de igualdad, que disfrutemos de una sanidad universal, escuelas, pensiones, seguridad ciudadana… Mientras la corrupción consolida generaciones de parásitos y rentistas, la política permite que el hijo de un inmigrante llegue a presidente de Gobierno o de Comunidad Autónoma. Algo que debería movernos a reflexión.

Entiendo, en este sentido, que la participación del ciudadano en la política es el mayor garante contra la corrupción. Como dijo Pablo Iglesias, “… más ojos a vigilar, más inteligencias a impedir coartadas”.

La lucha contra la corrupción—y disculpen lo somero del análisis—no pasa por culpar a la generalidad de los políticos, y mucho menos a la política. La guerra contra aquel cáncer empieza por detectar sus causas y continúa con la participación de cada ciudadano en la vida pública con la asistencia a su Junta de distrito y plenos municipales, denuncias, participación en asociaciones de vecinos, afiliación a partidos y sindicatos…

Los corruptos, perversamente, pretenden convertir el remedio en culpable, pretenden que no reparemos en las causas, y que repudiemos la política, para seguir extendiendo su metástasis al resto de la sociedad. Intentan, de manera miserable, que reneguemos del mejor camino para mejorar la sociedad: la política… ¿Vamos a caer en esa trampa?

Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor Blog de Gustavo Vidal Manzanares

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