27.8.13

QUIERO UNA DERECHA NORMAL


Concha Caballero

Es una de las pocas figuras que tras su paso por la política, regresó a su trabajo como profesora de enseñanza secundaria. Aquí, en Godella también conocemos a alguno de esa clase. Nuestro secretario general, Salvador Soler y exalcalde, anda preparando las clases de este curso.

Concha fue portavoz de IULVCA en el Parlamento Andaluz y ponente del Estatuto de Autonomía. Ahora dice estar felizmente retirada de cualquier militancia partidaria. Es licenciada en Lengua y Literatura. Le apasiona la literatura comparada. Ha escrito un libro sobre Andalucía en la literatura, titulado 'Sevilla, ciudad de las palabras'. Colabora en diferentes medios de comunicación. como columnista y analista política.

Escribió este artículo el 8 de agosto en andaluces.es

¡Qué bien se vive sin el gobierno! Llevan cinco días de vacaciones y ya se escucha el canto de los pájaros. Los informativos se han tranquilizado. Y aunque han dejado de guardia a ciertos voceros del FMI y a Olli Rehn para que nos amenacen con reducir aún más nuestros salarios, la verdad es que nos despertamos de mejor humor e incluso tenemos la sensación de recuperar algo de control sobre nuestras vidas, como el hormigueo en una pierna tullida por tanto decreto, tanta amenaza y tanta mala noticia. Hasta tal punto que la música militar que nos han puesto a propósito de Gibraltar no enciende nuestro ánimo guerrero, ni nuestro odio al inglés. ¡Para Peñones estamos nosotros, con la que nos está cayendo a este lado de la verja!

Ya sé que los Reyes Magos no son hasta enero pero voy a ir escribiendo mis deseos porque después, con las prisas y las tensiones de las fiesta familiares, se me olvidan cosas importantes y acabo pidiendo solo paz y felicidad, como si esos deseos fuesen panes redondos, hechos de una materia uniforme, que te pudieran llevar a casa el día menos pensado. Pero no. A estas alturas ya sabemos que la felicidad y la paz se componen de miles de pequeños detalles, de ausencia de dolor, de un alto al fuego en las incomodidades cotidianas.

Por primera vez en mi vida el gobierno forma parte de mi agenda personal. Todas las semanas toquetea mi vida y la de las personas a las que quiero, o a las que no conozco pero que me hacen sentir su dolor. Cuando no es un recorte es una amenaza, cuando no un insulto, un descrédito, un alarde de superioridad. Como me respondió una amiga en twitter nos roban hasta el lenguaje. Por ejemplo, ya ni siquiera puedo decir que una persona es “excelente” porque ahora este adjetivo es un sinónimo de desigualdad, un apelativo excluyente y amenazador.

Me gustaría una derecha aburrida, educada, que practique la política desigualitaria propia de su condición en pequeñas dosis, sin destrozar los servicios ni llamarnos además descerebrados y culpables.  Me gustaría un gobierno que, aunque de derechas, considere que la ciudadanía no es boba, que sabe encontrar puntos de referencia, que no se traga toneladas de mentiras sin sentirse intoxicada y harta. Me agradaría un gobierno que acuda puntualmente al Parlamento, que presente leyes por trámite normal, que no apruebe decretos cada viernes de dolores, que no insulte a la función pública ni humille a las personas paradas.

Me gustaría un Ministro de Educación al que hubieran educado  y querido sus padres en la infancia y no se viera obligado a insultar a profesores, artistas, becarios y estudiantes. Me gustaría un Presidente de gobierno que no pronuncie estúpidas tautologías ni hable en clave y que comprenda que comparecer ante el Parlamento es lo normal y contestar a la prensa una obligación.
Me agradaría un gobierno que no tuviera en su hoja de ruta entrometerse en los derechos y en la vida de las mujeres y que solo utilice el feminismo para proteger a sus ministras en casos de corrupción. Una derecha que no odie las energías renovables, ni pretenda acabar con las autonomías para volver a un estado centralista, ni se enfrente descaradamente a aquellos territorios donde no gobierna.

Me gustaría una derecha que no riera las gracias a la ultraderecha mediática y política. Desearía una derecha equiparable a la  europea que condenase el fascismo y que expulsara fulminantemente a los militantes que cuelguen banderas fascistas o declaren  que “los condenados a muerte por el franquismo se lo merecían”. Desearía que la derecha no entroncara con el franquismo ni hubiera esperado hasta 2002 para hacer una condena formal de este régimen. Desearía una derecha democrática con la que confrontar proyectos, ideas y no prejuicios. Quizá sea pedir demasiado o cambiar la historia de España pero hasta que no lo consigamos, arrastraremos el pasado con nosotros y estaremos hambrientos de democracia.

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